Que me parta un rayo, Christina y los Subterráneos
Hace poco me dio por escuchar en el trabajo el único álbum que tengo en el disco duro de mi portátil laboral: Que me parta un rayo, Christina y los Subterráneos. Creo que se lo copié a mi amigo U* -que está condenado a volver a Hamburgo aun cuando no le guste ni un poquito de lo que yo la amo-. Este disco es el soundtrack existencial de mi década entre los middle 20s y middle 30s. Todas sus canciones representan alguna vivencia real o posible, me sigue estremeciendo oir experiencias y pensamientos propios cantados en un rockcito valiente por una mujer preciosa y sobre todo con la misma rebeldía y energía en el corazón de aquellos tiempos. Lo único bueno que pudiera abonársele al fatídico novio que tuviera en mis early 20s es que por eso "Las suelas de mis botas", "Mil pedazos", "Que me parta un rayo" o "Tengo una pistola" adquirieron carácter Musidramas autobiográfico. Esta última canción también arrastraba consigo un desespero existencial inexplicable, rabioso, anudado al cuello. Cuando oí la canción hace poco me chocó tanto patetismo, ya después de décadas ya no dan ni el cuerpo ni el tiempo para tanta desesperación aun cuando la angustia existencial siga ahí, después de décadas.
Cuando me aprestaba a conducir un auto sola por vez primera puse "Dile a papá" en el playlist de la ocasión (por aquello de que me iba a coronar princesa de la autopista), pero seguí oyendo el resto que decía "..dile a los chicos / que no volveré más" y me dio un embiste de nostalgia como muy pocas veces me ha pasado en estos ya más 15 años de pseudoexilio. Aún hoy en día no dejan de repetirse noches infructuosas en las que acabo en unos desparches bien bravos con el corazón lleno de pulgas. He tenido muchos días sin malditas florecitas ni arcoiris sobre mí pero también perfectamente felícisimos en compañía de gente maravillosa. Hace poco leí un artículo de las traducciones alemanas del Corto Maltese y por fin pude entender qué era lo que Christina se había comprado en ese bazar. En suma, no había caído en cuenta de que mi biografía tenía un soundtrack tan cercano.
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sábado, 12 de noviembre de 2016
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sábado, 17 de agosto de 2013
Una de aquellas viejas anécdotas
Corría 2003. Yo me había trasteado a un barrio hype de Hamburgo y estaba gastando la mitad de mi beca en arriendo, pero a pesar de lo caro y lo feo que era el apartamento, estaba tan bien situado que las zonas de bares y parranda de la ciudad eran más o menos como la sala de mi casa. La zona de bares más próxima a aquel apartamento era el Schanzenviertel. Cuando llegué a la ciudad el barrio comenzaba a gentrificarse, pero aún quedaban rezagos como los junkies en los portales dándose el primer shot del milenio en la noche vieja de 1999. Aunque parezca increíble, la gentrificación sigue: pensé que ya no cabían más tiendas chic de diseñador independiente, pero la última vez que estuve, en mayo de este año, vi que siguen multiplicándose. El Rote Flora aún se erige como único bastión de lo que fuera el barrio alguna vez.
Serían las 4 am de algún sábado de primavera tardía y yo ya iba camino a casa. La última parada por entre las tiendas la hice en un local minúsculo en el que sólo había una barra con puestos al frente y ya. Los cigarrillos que llevaba no prendían por alguna misteriosa razón a pesar de no estar mojados. El tipo que estaba al lado se dio cuenta y me hizo algún comentario. Así fue que comenzamos la charla a aquella hora tardía, o temprana, según se vea. Cambiamos teléfonos y seguimos viéndonos. Resultó ser originario de un pueblo al norte de Hamburgo, hijo único de un urólogo y una finlandesa. Viendo una foto de su mamá en su apartamento, supe que de ella tenía lo rubio intenso -llevaba el pelo a eso de la altura de la oreja- y una dentadura muy similar a la de Felipe, el amigo de Mafalda. Dizque estudiante de medicina, pero más por imposición familiar que por mínima inclinación, no digamos ya vocación. Desordenadísimo, pecuecudo, inconstante, mimado y bruto. Delgado y -ejem- formidablemente dotado. Aún cuando niño rico (su familia era la dueña, entre otros, del edificio en el que él vivía en el Schanzenviertel en Hamburgo (!!!) y de una villa vacacional como se describe below), era tacaño: siempre partió cuentas y tendía a evitar pagar / pagar menos haciéndose el enojado por el mal servicio.
Serían las 4 am de algún sábado de primavera tardía y yo ya iba camino a casa. La última parada por entre las tiendas la hice en un local minúsculo en el que sólo había una barra con puestos al frente y ya. Los cigarrillos que llevaba no prendían por alguna misteriosa razón a pesar de no estar mojados. El tipo que estaba al lado se dio cuenta y me hizo algún comentario. Así fue que comenzamos la charla a aquella hora tardía, o temprana, según se vea. Cambiamos teléfonos y seguimos viéndonos. Resultó ser originario de un pueblo al norte de Hamburgo, hijo único de un urólogo y una finlandesa. Viendo una foto de su mamá en su apartamento, supe que de ella tenía lo rubio intenso -llevaba el pelo a eso de la altura de la oreja- y una dentadura muy similar a la de Felipe, el amigo de Mafalda. Dizque estudiante de medicina, pero más por imposición familiar que por mínima inclinación, no digamos ya vocación. Desordenadísimo, pecuecudo, inconstante, mimado y bruto. Delgado y -ejem- formidablemente dotado. Aún cuando niño rico (su familia era la dueña, entre otros, del edificio en el que él vivía en el Schanzenviertel en Hamburgo (!!!) y de una villa vacacional como se describe below), era tacaño: siempre partió cuentas y tendía a evitar pagar / pagar menos haciéndose el enojado por el mal servicio.
El hombre se fue aquel verano a pasar vacaciones en la casa que sus padres tenían en la Costa Brava. Estaba sacando la licencia de navegación, el último juguetito del padre era un yate pequeño. No dejaba de llamarme todas las noches. Cuando le conté a mi guía espiritual, no vaciló en regañarme por no haber hecho antes los planes para caerle. Así fue que como tan pronto él presentó su examen de la licencia navegadora y se quedó home alone -los padres también estaban-, me monté en un vuelo pitufo desde Frankfurt-Hahn a Barcelona-Girona para pasar 4 días en una casa con piscina en una terraza con vista a la bahía de Rosas, a orillas de la carretera ascendente que conduce al restaurante El Bulli. El hombre era vano y tonto, pero norteño al fin y al cabo: el norte de Alemania es rico pero la gente bien no se boletea por principio, así que nunca hizo alarde de su riqueza, jamás hizo descripción alguna de la casa, todo fue sorprendente cuando llegué. Días de piscina y/o playa, cerveza, comida. Noches de champaña, porros y fuegos artificiales en la bahía casi a la altura de los ojos. Fue divertido que el español fuera el business language consiguiendo hachís en la playa con norafricanos . También hubo excursiones cortas a los alrededores: la casa tenía su propio carro, un Mercedes setentoso, y su propia moto. Fueron días bonitos.
Claro que no hay dotación formidable ni paisajes bellos de fondo que logren compensar la falta de inteligencia y la malhomía / malagentez. A su falta de seso el hombre sumaba sus excesos -por ejemplo el numerito de las llamadas ebrio a las 3 am-. Ya ni me acuerdo cómo fue que terminó todo, creo que fue por teléfono. Hubo pipa de la paz, telefónica otra vez. Hizo por buscarme después algunas veces, pero siempre con tan mala suerte que yo ya tenía plan, no era pretexto para no verlo. No volví a saber de él jamás.
Claro que no hay dotación formidable ni paisajes bellos de fondo que logren compensar la falta de inteligencia y la malhomía / malagentez. A su falta de seso el hombre sumaba sus excesos -por ejemplo el numerito de las llamadas ebrio a las 3 am-. Ya ni me acuerdo cómo fue que terminó todo, creo que fue por teléfono. Hubo pipa de la paz, telefónica otra vez. Hizo por buscarme después algunas veces, pero siempre con tan mala suerte que yo ya tenía plan, no era pretexto para no verlo. No volví a saber de él jamás.
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jueves, 22 de marzo de 2012
La tan insinuada escena Meg Ryan (1/2)
Mis ganas de comerme al mundo, para las que mi mes en Saarbrücken con una asesora personal para aquello de la bienvenida a Germania, un amante luxemburgués que tenía his own little garden e incursiones en solitario en Francia y en Völkslingen fue una decorosa entrada, me condujeron a un concierto de Morrisey una semana después de mi arribo a Hamburgo. Como pude encontré el sitio de venta de los tickets e hice la compra. Nunca he tenido problemas pidiendo mapas de una ciudad y que por favor rayen a dónde es que necesito ir. Además estaba viviendo a las puertas de Sankt Pauli, el red-light district legendario del puerto en Hamburgo, esa fue la bienvenida que me dio la ciudad. El escenario era un club de garaje al que jamás regresaría mientras viví allá, en una parte que ya no era central -sin ser tan lejana tampoco-. Cuando llegué a la salida de la estación no vacilé en preguntarle al gato que venía detrás mío que para dónde quedaba el sitio con la X en el mapa que me habían dado. Yo todas mis vueltas las hacía en inglés, por supuesto. Pas d'allemand. Así que cuando el gato me preguntó si no hablaba alemán, le dije que no, just english.... or spanish... ah bueno. El gato era un chileno que también se dirigía to the very same event. Llovía y creo que desde que le hice la pregunta inicial ya lo había cubierto con mi paraguas y seguimos caminando juntos bajo la lluvia. Vimos todo el concierto juntos, el chico conocía más canciones que yo. Durante el concierto Morrisey arrojó su camiseta al público y esta fue despedazada. Pablo (creo que se llamaba así) alcanzó a hacerse a un harapo y yo llegué a tener una fotografía con la reliquia, que era del mismo color de la camiseta que yo llevaba ese día. Me acompañó a mi casa de regreso, no sin antes haber tomado una cerveza en el Onkel Otto, el bar de okupas en Sankt Pauli, a la vuela de mi esquina. El paraguas de la primera escena se quedó allí olvidado para siempre. Pablo, un -según él- pituco santiagueño estudiado y bohemio atrapado en un trabajo en el correo y un matrimonio aburrido con bebé en Hamburgo, tuvo algún gesto galante y una invitación a otro bar en la zona (Molotov, a ese sí volvería), que acabó en un polvo triste de escasa significancia e indigna recordación y la posterior desaparición de escena de la protagonista.
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domingo, 4 de marzo de 2012
Extraños en un tren
Llegué jadeando a la máquina vendetiquetes, nada más para ver a un viejito empedernido pulsando combinaciones inútiles en la pantalla, mientras el minutero pasaba a las 18:59 (el tren a Colonia, cuyo tiquete yo quería comprar en la máquina, llegaba a las 19:05). Una señora me ofreció un tiquete que había comprado por error. Era justo el que yo necesitaba, así que accedí al trato. La señora se volteó y le dijo al viejito de la máquina "ve, mijo, ya apareció alguien que compra el tiquete". Yo mencioné que no sabía cómo usar mi tarjeta de cliente del ferrocarril para el trayecto, y señora vendedora dijo que otra tercera señora sí sabía, venga y le preguntamos. Tercera señora dice que se puede pero con la tarjeta cliente 50 y yo tengo la 25, así que ni modo. Cuarto participante sale de la nada, un joven oficinista apuesto, también se inmiscuye y aporta que también hay una opción si uno es viajero regular, que no es mi caso tampoco, apenas voy esta noche. OK, se disuelve el súbito coloquio sobre opciones baratas de llegar a Colonia, pero el jovencillo apuesto me queda sonando, yo lo he visto, así que me voy detrás suyo y lo interpelo con un "oiga, usted trabaja en H., cierto?" "sí, usted también? yo no la he visto..." "yo a usted sí.. yo estoy en la división tal" (es dato importante en la empresa, lo aprendí cuando nueva) "cómo es su nombre?" "X.X." "ah, yo si he visto su nombre en listas de correo, soy Y.Y., participé del proyecto tal"..... y bla, bla, teníamos conocidos en común, había estado alguna vez en auditoría a la empresa en Bogotá, ja, ja, jo, jo... Pillamos asientos vecinos en el tren, que llegó tarde. Vive en Colonia trabajando en Düsseldorf porque la compañera (ah, "emparejado") trabaja en Bonn, así que C. era buen compromiso, blabla... Mi charla lo había alejado de su BigMac a medio mordisquear, así que cuando nos sentamos se excusó y se dispuso a seguir comiendo. Yo aproveché entonces para sacar mi bolsito de cosméticos y comenzar a maquillarme al frente del apuesto contertulio. Cuando salgo el viernes por la noche voy con el tiempo ajustado y generalmente la maquillada queda para el trayecto. No iba a llegar como un moco carilavado a mi segundo rende-vouz del servicio este de internet que decidí pagar nada más por pena con un desconocido buen mozo con el que resultó haber una conversación muy animada acompañando su cena y mi arreglada. Al final nos aburrimos del ustedeo y nos despedimos tuteándonos.
No puedo quejarme de que #almost40 y todavía me sigan pasando escenas de película de Meg Ryan. Soy lovely.
Y a propo este recuerdo, ahora que Morrisey por fin va a Bogotá, aprovecho para chicanear de los dos conciertos de él que llevo a cuestas, en el 99 y en 2006. Gracias, Hamburgo.
Update de Julio / 2012: Por fin volví a encontrarme al jovencito del relato en alguna reunión de trabajo. Ya no tiene compañera: ahora tiene esposa, a juzgar por la argolla (brillada con Pomada Brasso, relucientísima) que llevaba puesta.
No puedo quejarme de que #almost40 y todavía me sigan pasando escenas de película de Meg Ryan. Soy lovely.
Y a propo este recuerdo, ahora que Morrisey por fin va a Bogotá, aprovecho para chicanear de los dos conciertos de él que llevo a cuestas, en el 99 y en 2006. Gracias, Hamburgo.
Update de Julio / 2012: Por fin volví a encontrarme al jovencito del relato en alguna reunión de trabajo. Ya no tiene compañera: ahora tiene esposa, a juzgar por la argolla (brillada con Pomada Brasso, relucientísima) que llevaba puesta.
domingo, 13 de febrero de 2011
Lo que no fue, no será
El encuentro fue casual en un cumpleaños de un desconocido en común. Yo me fui con el de una buena vez a una fiesta en una esquina de nuestro barrio -éramos vecinos-. A partir de ahí comenzó un ir de aquí para allá con aquel doctorante de Derecho que tenía toda la pinta del doctor Chapatín. Uli era arrogante pero me parecía divertidísimo. Mientras nos llevamos la cuerda, todo fue una sola fiesta. Lo mejor fue que no hubo nunca ningún contacto físico. Solamente una vez nos cogimos de la mano, nada más para que yo soltara la suya muerta de la risa, de pronto iba a pensar que yo estaba tragada de él, qué tal, juju, jaja. No sé si no entendió el chiste o realmente fue la fatalidad, pero quiso el destino que una nueva inquilina se mudara al apartamento que arrendaban entre varios (Wohnungsgesellschaft, WG) y con sus carnes gorditas, su ingenio y la ventaja de compartir techo me lo arrebatara en mis narices.
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viernes, 17 de septiembre de 2010
Reencontrando un hilo
En Alemania hay una cadena de librerías de una editorial independiente que ofrece música y literatura buenas a buenos precios. Me hice a una edición decorosa de la obra completa de Kafka por 10 euros, por ejemplo. Claro que en Hamburgo solía esculcarla más que ahora, pero aquí también la he visto. En una de aquellas sesiones de 2001 en Hamburgo había un libro con este título:
Was man von einigen Leuten nicht behaupten kann
Lo que no puede opinarse de cierta gente.
(cuyo original se titula: Birds of America, otro crimen del traductor de títulos de novelas en alemán. Son puercos. Por ejemplo, a Norwegian Wood de Murakami le pusieron dizque "La sonrisa de Naoko". Lo que menos había en todo el cochino libro).
Costaba 1 euro. Era de una tal Lorrie Moore.
Tenía unas historias maravillosas, femeninas, concisas, tajantes.
La adoré.
No he sabido buscarla más, de preferencia en su original. Tengo una nueva tarea libresca.
(Debiera ponerme más bien a hacer mis tareas en el trabajo que tengo pendientes en vez de tramar proyectos inútiles como estos).
Was man von einigen Leuten nicht behaupten kann
Lo que no puede opinarse de cierta gente.
(cuyo original se titula: Birds of America, otro crimen del traductor de títulos de novelas en alemán. Son puercos. Por ejemplo, a Norwegian Wood de Murakami le pusieron dizque "La sonrisa de Naoko". Lo que menos había en todo el cochino libro).
Costaba 1 euro. Era de una tal Lorrie Moore.
Tenía unas historias maravillosas, femeninas, concisas, tajantes.
La adoré.
No he sabido buscarla más, de preferencia en su original. Tengo una nueva tarea libresca.
(Debiera ponerme más bien a hacer mis tareas en el trabajo que tengo pendientes en vez de tramar proyectos inútiles como estos).
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domingo, 12 de abril de 2009
Lamento planhidero
Yo no sé aquí por qué no me doy manias de encontrar esa cierta afinidad cultural con mi entorno actual. Si yo soy susceptible a ese tipo de información cuando estoy expuesta a ella!
Para hacerme entender recurro al ejemplo del día de hoy. Estuvimos de compras en la frontera, y en nuestro periplo por todas las tiendas que nos interesaron (no fueron muchas) pasamos por una librería en cualquier esquina del centro histórico y peatonal. Aunque sólo ofrecen libros en holandés, pueden identificarse títulos sugerentes que, si ya tienen su versión holandesa, naturalmente pueden encontrarse en tu amazon amigo en su inglés original. O en su espaniol original. Gracias a ese ejercicio me enteré del Libro de los Demás de mi heroína Zadie Smith, y hoy vine a ver que ya salió la traducción holandesa de 2666. Ajá. Ya tienes la novela disponible para los lectores de un país con menos de la cuarta parte de la población alemana, mientras que en el país casi 5 veces más poblado no, todavía no la tienen. Por allá hasta dentro de cuándo verán más allá de la frau Allende o el herr Coelho en la literatura latinoamericana?
Pero como casi siempre, yo aquí me quejo en vano, porque el libro tuve la fortuna de poder leerlo en espaniol con toda la tranquilidad del mundo (un decir, porque el libro intranquiliza como él solo) en cómodo préstamo de la biblioteca de la Universidad de Hamburgo, de donde J. podía sacarlos fácilmente y gratis.
Para hacerme entender recurro al ejemplo del día de hoy. Estuvimos de compras en la frontera, y en nuestro periplo por todas las tiendas que nos interesaron (no fueron muchas) pasamos por una librería en cualquier esquina del centro histórico y peatonal. Aunque sólo ofrecen libros en holandés, pueden identificarse títulos sugerentes que, si ya tienen su versión holandesa, naturalmente pueden encontrarse en tu amazon amigo en su inglés original. O en su espaniol original. Gracias a ese ejercicio me enteré del Libro de los Demás de mi heroína Zadie Smith, y hoy vine a ver que ya salió la traducción holandesa de 2666. Ajá. Ya tienes la novela disponible para los lectores de un país con menos de la cuarta parte de la población alemana, mientras que en el país casi 5 veces más poblado no, todavía no la tienen. Por allá hasta dentro de cuándo verán más allá de la frau Allende o el herr Coelho en la literatura latinoamericana?
Pero como casi siempre, yo aquí me quejo en vano, porque el libro tuve la fortuna de poder leerlo en espaniol con toda la tranquilidad del mundo (un decir, porque el libro intranquiliza como él solo) en cómodo préstamo de la biblioteca de la Universidad de Hamburgo, de donde J. podía sacarlos fácilmente y gratis.
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lunes, 30 de marzo de 2009
De amores perdidos XC...
Yo misma me aburro de mi disco rayado.
Pero simplemente fui feliz en mi corta estadía en Hamburgo el fin de semana anterior.
Al contrario de lo que dije la primera vez que volví, J. también se dejó tocar la fibra y al final la pasé mejor con él que cuando fui sola.
J. hizo de modelo como el enano de jardín de Amelie y el resultado me dejó muy contenta, pero no puedo sacar las fotos del celular (!!). Así que me decido mejor por este post sin fotos, en vez de seguir dejando crecer las telaranias por aquí.
Soundtrack de ese fin de semana:
Ni una maldita florecita, Christina y los Subterráneos.
Pero simplemente fui feliz en mi corta estadía en Hamburgo el fin de semana anterior.
Al contrario de lo que dije la primera vez que volví, J. también se dejó tocar la fibra y al final la pasé mejor con él que cuando fui sola.
J. hizo de modelo como el enano de jardín de Amelie y el resultado me dejó muy contenta, pero no puedo sacar las fotos del celular (!!). Así que me decido mejor por este post sin fotos, en vez de seguir dejando crecer las telaranias por aquí.
Soundtrack de ese fin de semana:
Ni una maldita florecita, Christina y los Subterráneos.
domingo, 9 de noviembre de 2008
Mal de amores
Hace dos semanas mis huesitos se pasearon por Hamburgo. Siempre estuve a la expectativa del post que saldría de la visita y de la recogida de los pasos, pero tuvieron que pasar primero algunos días y eso para sacar un post al respecto un poco a la maldita sea. Pero el tema lo amerita, aunque sea nada más por la casualidad boba de que a esa ciudad, en donde entoces vivía, le dediqué buena parte de los primeros anios de este blog.
Aunque no me recibió con la complicidad de viejos amigos con la que recibiera a S. en la última visita que lo vi, sí estuvo querida y se dejó acariciar, hasta ronroneó gustosa y su lloviznita de mierda -que no dejo de comparar con un banio turco frío- me alegró el corazón. Además, justo cuando iba caminando por la Große Freiheit el viernes por la noche, como corresponde, entró una llamada de mi papá al celular, lo que me hizo entrar en una especie de momento shock "tantas-cosas-juntas-no-te-pueden-estar-pasando-al-tiempo".
Sobra decir que me sentí como una princesa montando en trenes limpios y frecuentes y que hablé como lora mojada todos los días salvo el último. Fue un refresco para el alma departir con los viejos amigos.
Extranié a J., pero para él todos los signos de la ciudad que acaricié de nuevo hubieran sido mudos. O al menos eso hubiera dicho.
Aunque no me recibió con la complicidad de viejos amigos con la que recibiera a S. en la última visita que lo vi, sí estuvo querida y se dejó acariciar, hasta ronroneó gustosa y su lloviznita de mierda -que no dejo de comparar con un banio turco frío- me alegró el corazón. Además, justo cuando iba caminando por la Große Freiheit el viernes por la noche, como corresponde, entró una llamada de mi papá al celular, lo que me hizo entrar en una especie de momento shock "tantas-cosas-juntas-no-te-pueden-estar-pasando-al-tiempo".
Sobra decir que me sentí como una princesa montando en trenes limpios y frecuentes y que hablé como lora mojada todos los días salvo el último. Fue un refresco para el alma departir con los viejos amigos.
Extranié a J., pero para él todos los signos de la ciudad que acaricié de nuevo hubieran sido mudos. O al menos eso hubiera dicho.
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viernes, 18 de abril de 2008
Buscando las analogías. And complaining.
Alguna vez rebuzné en este blog sobre alguna analogía incierta que pudiera establecerse entre divas de cine y ciudades.
Si a Hamburgo que tanto anioro, aún a mi pesar, le endilgué un parecido sacado de los pelos con la Catherine Denueve, para esta Düsseldorf llena de ínfulas infundadas no se me ocurre nada mejor ni nada peor que la Julia Roberts. Que la anuncian con bombos y platillos como si fuera cosa fuera de este mundo, belleza nunca vista, etc. y va uno a ver y la vieja no actúa tan mal, no es fea... pero así que sea taaaaanto como se la ensalza, pues tampoco. Me dirán que la Roberts se ganó un Oscar, pero bueno, al sol de hoy que me diga alguien qué cuernos significa ese premio. Düsseldorf también tiene la mejor calidad de vida desde 1990 según estudios hechos por estos gatos (seguramente por encargo de la alcaldía de Düsseldorf). Comparada con qué, ni idea, pero la mejor calidad de vida. Y desde hace más de una década.
Como para hacerse una idea de la ilustre administración de la ciudad y los haberes de la misma, van a vender una plaza pública (central, pero debajo de unos puentes) a unos inversionistas privados. Creo que ni en Colombia se les hubiera ocurrido semejante ideota, con todo lo garosos que son los políticos y los inversionistas y con todo lo que no han dejado de privatizar. Los precios de la comida todavía no dejan de asombrarme, aunque al menos ya sé por donde se está desangrando mi bolsillo -y sí, es fenómeno mundial, ya sé, pero que en la plaza cobren el kilo de papa a 4 euros y pico es todo un atraco, normalmente cuesta 1,30-. No hay que olvidar que la calidad de vida es la mejor desde 1990, tranquilos.
Este va a ser un largo round. Larguísimo. Yo siempre acabo amanhándome, pero pucha si me la están / estoy poniendo aquí de para arriba.
Si a Hamburgo que tanto anioro, aún a mi pesar, le endilgué un parecido sacado de los pelos con la Catherine Denueve, para esta Düsseldorf llena de ínfulas infundadas no se me ocurre nada mejor ni nada peor que la Julia Roberts. Que la anuncian con bombos y platillos como si fuera cosa fuera de este mundo, belleza nunca vista, etc. y va uno a ver y la vieja no actúa tan mal, no es fea... pero así que sea taaaaanto como se la ensalza, pues tampoco. Me dirán que la Roberts se ganó un Oscar, pero bueno, al sol de hoy que me diga alguien qué cuernos significa ese premio. Düsseldorf también tiene la mejor calidad de vida desde 1990 según estudios hechos por estos gatos (seguramente por encargo de la alcaldía de Düsseldorf). Comparada con qué, ni idea, pero la mejor calidad de vida. Y desde hace más de una década.
Como para hacerse una idea de la ilustre administración de la ciudad y los haberes de la misma, van a vender una plaza pública (central, pero debajo de unos puentes) a unos inversionistas privados. Creo que ni en Colombia se les hubiera ocurrido semejante ideota, con todo lo garosos que son los políticos y los inversionistas y con todo lo que no han dejado de privatizar. Los precios de la comida todavía no dejan de asombrarme, aunque al menos ya sé por donde se está desangrando mi bolsillo -y sí, es fenómeno mundial, ya sé, pero que en la plaza cobren el kilo de papa a 4 euros y pico es todo un atraco, normalmente cuesta 1,30-. No hay que olvidar que la calidad de vida es la mejor desde 1990, tranquilos.
Este va a ser un largo round. Larguísimo. Yo siempre acabo amanhándome, pero pucha si me la están / estoy poniendo aquí de para arriba.
lunes, 4 de junio de 2007
Las mañanitas justo abajito
El fin de semana le hice un poco de conversa a los Pérez, que ya son abuelos por segunda vez (aunque apenas rondan los 50) y que llevan meses remodelando el apartamento. Doña Pérez me mostró también la adecuación que le han hecho al depósito que tienen en el sótano.
-E increíble la cantiá de cosa que se acumulan en 25 año, me dijo en impecable chileno mientras me iba mostrando todo tipo de instrumentos musicales y de artículos de navegación en remo (tienen también un kayak amarrado en el canal que pasa por detrás del patio trasero del conjunto de edificios). En una esquina se podía ver una especie de envoltorio que insinuaba un sombrero de charro.
-Es que hasta sombrero de mariachi tienen, le dije en son de broma.
Efectivamente era un sombrero de charro. El cual es efectivamente utilizado. Para qué otra cosa puede ser usado un sombrero de esos? pues claro: para dar serenatas. Don Pérez es músico (de ahí la cantidad de instrumentos en el sótano), de vez en cuando yo lo oigo cantar con su guitarra y me acuerdo de las veladas aguardientosas de mi papá con sus amigos que tenían un dueto (llegaron a aparecer en algunos capítulos del Profesor Yarumo) o con el esposo de mi tía, que cantaba horrible pero que le ponía sentimiento... Y entre tanto grupo del que hace parte, pues también hay un grupo mariachi conformado por él y otros latinos. Su principal clientela son los colombianos en lontananza y alguno que otro alemán que llega transtornado de sus vacaciones mexicanas.
Pareciera que el sino mariachi me persigue. En Bogotá vivía cerca de la zona en donde suelen ubicarse y aquí resulta que vivo varios metros arriba de otro.
Adenda del 24 de noviembre de 2011: Mi amiga pastusa en HH casi contrata estos meros servicios para su fiesta de cumpleaños número 40 el próximo fin de semana, a la cual tendré el gusto de asistir. Por razones aún desconocidas pero adivinables en los recuerdos de mi amistad con ella, ya no habrá serenata en el sarao. Hasta aquí llegó el encuentro con ese pasado.
-E increíble la cantiá de cosa que se acumulan en 25 año, me dijo en impecable chileno mientras me iba mostrando todo tipo de instrumentos musicales y de artículos de navegación en remo (tienen también un kayak amarrado en el canal que pasa por detrás del patio trasero del conjunto de edificios). En una esquina se podía ver una especie de envoltorio que insinuaba un sombrero de charro.
-Es que hasta sombrero de mariachi tienen, le dije en son de broma.
Efectivamente era un sombrero de charro. El cual es efectivamente utilizado. Para qué otra cosa puede ser usado un sombrero de esos? pues claro: para dar serenatas. Don Pérez es músico (de ahí la cantidad de instrumentos en el sótano), de vez en cuando yo lo oigo cantar con su guitarra y me acuerdo de las veladas aguardientosas de mi papá con sus amigos que tenían un dueto (llegaron a aparecer en algunos capítulos del Profesor Yarumo) o con el esposo de mi tía, que cantaba horrible pero que le ponía sentimiento... Y entre tanto grupo del que hace parte, pues también hay un grupo mariachi conformado por él y otros latinos. Su principal clientela son los colombianos en lontananza y alguno que otro alemán que llega transtornado de sus vacaciones mexicanas.
Pareciera que el sino mariachi me persigue. En Bogotá vivía cerca de la zona en donde suelen ubicarse y aquí resulta que vivo varios metros arriba de otro.
Adenda del 24 de noviembre de 2011: Mi amiga pastusa en HH casi contrata estos meros servicios para su fiesta de cumpleaños número 40 el próximo fin de semana, a la cual tendré el gusto de asistir. Por razones aún desconocidas pero adivinables en los recuerdos de mi amistad con ella, ya no habrá serenata en el sarao. Hasta aquí llegó el encuentro con ese pasado.
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jueves, 21 de diciembre de 2006
Cerrar sin haber cerrado
En octubre de 1999, con apenas una semana desempacada en esta ciudad y sin saber ni jota de alemán, me compré un ticket para ir a ver a Morrisey en una especie de bar-garaje. Camino al concierto, en una escena digna de película de Meg Ryan, conocí a un chileno que iba para el mismo lado y quien luego -después se vería que no tan desinteresadamente- me mostró algo de Hamburgo.
Como según yo he de irme de aquí pronto, me pareció muy simbólico ir a ver a Morrisey en su concierto del lunes anterior (18 de diciembre) ya no en ningún garaje sino en el Color Line Arena, el escenario de mostrar de por aquí, a modo de despedida de Hamburgo -falta que acabe despidiéndome más que circo malo-. Ya soy veterana en esta ciudad, ya no protagonizo escenas de comedias románticas con desconocidos, pero igual me gocé de nuevo la voz aterciopelada de Morrisey y sus canciones hermosas. Traté de tomar unas fotuchas que aún no sé cómo descargar del celular (modelo viejito de ponerle la cámara en donde se conecta el cargador), pero menos mal los muchachos de Die Zeit también andaban por allá e hicieron la tarea por mí.
No hubo bar de okupas ni fiesta after como la primera vez, pero sí una felicidad inmensa en el camino de regreso a casa.
-como para dejarle soundtrack a este post tan musical. Claro que esa canción no la cantó en el concierto-.
Como según yo he de irme de aquí pronto, me pareció muy simbólico ir a ver a Morrisey en su concierto del lunes anterior (18 de diciembre) ya no en ningún garaje sino en el Color Line Arena, el escenario de mostrar de por aquí, a modo de despedida de Hamburgo -falta que acabe despidiéndome más que circo malo-. Ya soy veterana en esta ciudad, ya no protagonizo escenas de comedias románticas con desconocidos, pero igual me gocé de nuevo la voz aterciopelada de Morrisey y sus canciones hermosas. Traté de tomar unas fotuchas que aún no sé cómo descargar del celular (modelo viejito de ponerle la cámara en donde se conecta el cargador), pero menos mal los muchachos de Die Zeit también andaban por allá e hicieron la tarea por mí.
No hubo bar de okupas ni fiesta after como la primera vez, pero sí una felicidad inmensa en el camino de regreso a casa.
-como para dejarle soundtrack a este post tan musical. Claro que esa canción no la cantó en el concierto-.
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viernes, 7 de abril de 2006
La cosquilla del viernes. Un homenaje.
Recuerdo que desde mi más tierna adolescencia fui conmovida por la cosquilla del viernes. Pertenecí a las hordas de colombianos que se dejan seducir por la idea de que en las fiestas se la pasa bien bueno, y como tales eventos ocurren en su mayoría en el fin de semana, los invade entonces una chifladura de fiesta en viernes (y bueno, generalmente con pase directo a sábado también... pensar en aquellos tiempos me parece de un desamparo terrible) de tal guisa que se emparrandan en cualquier maricada, en la medida de sus posibilidades. Por mencionar sólo un ejemplo, recuerdo un semestre en la Nacional en el que absolutamente todos los viernes tuvieron una fiesta por todo lo alto en alguna facultad. Y eso era sólo el comienzo. Durante toda mi juventud en Colombia y buena parte de mi tiempo en Alemania siempre tuve cómo hacerme a alguna fiesta. Es que entre nosotros nos buscamos, por supuesto. No voy a hacer aquí ningún recuento de mi vida parrandera, que por otro lado sería interminable y aburridísimo (jaja), pero si diré que no le hizo falta nada de sabor ni de sazón. Quién sabe si la vuelva a recuperar, pero por ahora está en off. Yo tampoco me lo puedo creer, pero así es la triste verdad. Hete aquí que es viernes y yo estoy sentada frente a mi computador muy oronda escribiendo un post. Y con planes de quedarme guardada en mi casita, de todos modos ando un poco resfriadilla y aún lidio un poco con el jetlag. Habrase visto?? Yo, en esas?? Lo más inverosímil: no me hace falta. No lo extranio!! Lo recuerdo con carinio, pero no lo extranio. Rarísimo, si siempre estaba ahí y yo me plegaba a sus deseos! Y me acompanió permanentemente durante casi más de la mitad de mi vida!! Igual, como nadie le pidió que se fuera, de repente vuelve y aparece sin que nadie la esté llamando. Who knows. Ya ni siquiera puedo decir que brindo por tí, nena, porque tampoco volví a tomar, pero de todos modos, en tu honor.
Nota: Creo que ese cambio en mí fue una de las cosas que más asombraron a mi papá. Es que esa vena parrandera era un aporte netamente suyo en mi formación.
Nota: Creo que ese cambio en mí fue una de las cosas que más asombraron a mi papá. Es que esa vena parrandera era un aporte netamente suyo en mi formación.
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